sábado, 27 de noviembre de 2010

Ellos

Desde la ventana de una vieja casona observaba la mañana gris, las altas copas de los árboles no tenían fin al confundirse con la fría niebla del invierno, olía desde su lugar la humedad de la tierra que invadía sus sentidos para consolar el dolor que calaba mas allá de su corazón.

A lo lejos…como un tibio rayo de luz observó que se acercaban unas personas, a quienes ya conocía muy bien, su congelado cuerpo comenzó a derretirse, esbozo una sonrisa y descalza por la prisa, solo en su camisón de dormir, bajo corriendo las escalera: su corazón parecía querer correr mas rápido que ella al tener la sensación que se saldría de su pecho para abrazar de prisa a quienes había divisado desde su ventana, abrió la gran puerta de par en par y ellos corrían con las mismas ansias que lo hacia ella…el camino era eterno, cruelmente parecía alejarse con cada paso que daba para alcanzarlos, su rostro se iluminaba cada vez mas con la cercanía de quienes en su momento, partieron con gran parte de su alma.

Recodaba como la injusta vida había arrebatado de sus tibios brazos a sus amores, a quienes adoraba por encima de todo, incluso de Dios, y tal vez pensaba algunas largas noches en que lloraba desconsolada su ausencia, que cumplía un castigo divino por tal osadía. Su álgido corazón solo conocía de ese amor, no había nada más importante, ni nada más certero que el mutuo sentimiento de entrega con quienes pronto…volvería abrazarse. Todo el dolor, toda la soledad, el llanto de años, ya no eran relevantes… habían desaparecido…en sus ojos se permitió contener lágrimas…esta vez, eran por la felicidad de llega de al fin el momento de abrazar a sus tesoros.

Rápidamente, se abrazaron, se besaron…todos en llanto, descansando merecidamente del dolor de la distancia que una sociedad enormemente moralista condenó a una mujer por parecer ante sus ojos “diferente” a las demás…

Ciertamente, por más feliz que estén ahora…aquellos años que les fueron arrebatados, no de volverán, y ella tendrá que cargar siempre con el recuerdo de un juicio moral y cínico que se ejerció en su contra; pero sin duda…con el recuerdo del triunfo a esa sociedad tan egoísta…

Se puede divisar a través su ventana como juegan junto a la chimenea, este invierno para ellos será más cálido …

 

Charlotte Benoir, Noviembre de 2010

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Una mañana de abril...

Quedaron de verse en el lugar de siempre… en el mismo banco frente al andén, y que los venía cobijando desde hacía cinco años. Como tantas veces él llegó primero, tomándose el tiempo necesario de observar, nervioso, el camino en busca de algo, una sombra, una figura familiar, cualquier movimiento inesperado; aunque parecía observar con una mirada casual, en realidad era ya una costumbre, era una rutina necesaria, un ritual que se obligaba a seguir cada día. Fumó el segundo cigarrillo de la mañana – el primero lo hacía al salir de su casa cada mañana, lanzando cómicas volutas de humo al aire como reflejo de sus pensamientos – para matar el tiempo, saboreando la tensa espera que predecía cada nuevo encuentro, matizada ahora con el amargo sabor del tabaco de su cigarrillo sin filtro, palpable prueba de su falta de voluntad, pues hacia años que había abandonado ese vicio, pero ahora volvía con mas intensidad, como una forma de encubrir su ansiedad. A pesar de esto, el fuerte aroma del tabaco rubio le daba, paradójicamente, momentos de respiro, mientras recorría con los ojos el paisaje copado con los colores del incipiente otoño, expresado en las continuas hojas que describían pequeños círculos al caer, materializando la nostalgia tan típica de la estación, del pueblo, de su vida. A la media hora divisó a lo lejos, sobre la vera del camino, aquella fisonomía que inequívocamente pertenecía a ella, y que fue confirmado por el súbito aumento de su ritmo cardiaco. No sabia bien que esperar hoy – como cada mañana - aunque reflexionó que la naturaleza de su relación (podría ser una relación?) estaba siempre al filo de la catástrofe, y quizás esta vez era lo mismo. No pudo sino recordar la primera vez que se vieron, en la estación de tren de Weimar, esa nubosa mañana de día martes, en la que todo parecía tan desagradable. Él la vio sentada en uno de las verdes blancas de la estación, sentada, como esperando algo, con su mirada indiferente hacia un espacio que quizás nadie veía. Si bien este primer contacto fue fugaz – y duró solo hasta que el metal chirriante que producía el desplazamiento del tren se desvanecía – la experiencia caló profundamente en su ser. De hecho, la espera diaria le hacía, en ocasiones, abandonar su lectura de Goethe – era un oficinista avenido intelectual, o al revés – mientras esperaba a la chirriante masa de hierro devenida en ferrocarril. Pero esta vez las vetustas máximas que contenía el libro, y que había sido herencia de su padre (junto con su actual trabajo, y quizás hasta el estilo y color de sus trajes), no fueron suficiente para absorber su atención. Dejó de lado el libro, y el peso de la responsabilidad de acabar por fin su lectura, y se preparó una vez más para el deseado encuentro. Cuando la figura fue completando su campo visual, se puso de pie, cogiendo nerviosamente su maletín de cuero café y su pesado libro, y esperó rígido, casi conteniendo la respiración su llegada. Y fue en ese instante en que ella, moviéndose tras el delicado esfuerzo que hacían sus pies al caminar – le parecía que levitaba – pasó junto a el, esbozando una tímida sonrisa, que cualquiera podía entender que solo manifiesta la complejidad de la rutina, entendida como el civilizado saludo a aquel individuo que cada vía veía en la misma estación, y que casi parecía ponerse de pie en su honor. Luego de la sonrisa, vio como la mujer subía y se acomodaba en su asiento habitual, junto a la ventana. Sintió entonces, al contemplar la habitual escena, como se relajaba su piel, y una leve sonrisa, casi un rictus instintivo,  afloraba como un efecto retardado producto de la luz que la sonrisa de ella había grabado, como cada mañana, en su retina. Pero la fugaz felicidad, de solo cálidos segundos, dio paso a la constatación de que todo seguía siendo una gran farsa, pues él sabía que no habría ninguna cita, que no habría más intercambio que sonrisas y miradas, carentes de alma, y que la única cosa en común – quizás lo único constitutivo a sus ojos de una relación - era el itinerario que compartían cada mañana. Atolondrado,casi avergonzado, abordó el vagón como cada día, buscando acomodarse lo más alejado de ella, y suspirando despacio, casi imperceptiblemente, retomó su lectura de Goethe como quien muda de piel, dejando al descubierto su odiada realidad.

V. Lebanov, noviembre 2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

335

Aquella mañana el café, que acostumbraba beber sagradamente cada mañana, tenía un sabor diferente, quizás más amargo que de costumbre. Pero, como cada mañana, no había tiempo de pensar. Las obligaciones familiares estaban primero. Terminó de juntar las cosas de sus hijos, que inexplicablemente parecían desordenarse aun más en las mañanas, con el tiempo suficiente para llevarlos a su escuela.
Las atestadas calles absorbieron sus pensamientos… pero de regreso, no pudo evitar sentir aquella soledad que solo era posible exorcizar con la llegada del otoño, que bien sabía, marcaba un aniversario mas. Pero no su aniversario oficial, del que la sociedad estaba consciente, sino que de otro, que solo formaba parte de ella… y de él. Habían pasado algunos años, y el tiempo quizás había logrado templar la necesidad de estar juntos de nuevos; más que mal, la misma sociedad era un fuerte aliciente para condenar todo comportamiento fuera de la norma, razón más que válida para mantener ese secreto.
Acabadas las tareas que la ocupaban diariamente, buscaba la playa como el único recurso para paliar el constante vacío que había dejaba su ida; una prematura ida, a su juicio, pero por otro lado era la única manera de dar continuidad a su existencia. Lo deseaba cada día, pero aun mas en las noches, sabiendo que era un placer prohibido, lejano, incluso imposible. Pero a la vez, ¿qué fútiles resulta cualquier pensamiento ante una pasión como ésta? ¿quien puede juzgar una conducta si es que no la ha sentido realmente?
Cada otoño pensaba en lo sucedido, a pesar que ya habían pasado cinco años desde la ultima vez que se vieron. La vida diaria no era necesariamente satisfactoria, pero fue la elección de ambos. Era inevitable que apareciese la culpa, dado que había tanto que perder y muy poco que ganar, aunque esto acorde al mundo que vivían, sometidos a la moral y las buenas costumbres de los hombres y mujeres de bien; pues en el mundo que construían juntos nada de esto realmente importaba.
Hoy era un aniversario más del fin. Fueron 335 días juntos, y separados; días de frustraciones y satisfacciones, días de amor y odio, días de vida y muerte. En cierta forma el fin fue el comienzo de algo que jamás podría olvidar, y que cada otoño se hacia presente, pues fue el tiempo en que recordó estar viva, sintiendo el fuego correr por sus venas y la piel arder ante las manos de él… Era el día en que se permitía vivir nuevamente, el día 335.

V. Lebanov, 2008