Quedaron de verse en el lugar de siempre… en el mismo banco frente al andén, y que los venía cobijando desde hacía cinco años. Como tantas veces él llegó primero, tomándose el tiempo necesario de observar, nervioso, el camino en busca de algo, una sombra, una figura familiar, cualquier movimiento inesperado; aunque parecía observar con una mirada casual, en realidad era ya una costumbre, era una rutina necesaria, un ritual que se obligaba a seguir cada día. Fumó el segundo cigarrillo de la mañana – el primero lo hacía al salir de su casa cada mañana, lanzando cómicas volutas de humo al aire como reflejo de sus pensamientos – para matar el tiempo, saboreando la tensa espera que predecía cada nuevo encuentro, matizada ahora con el amargo sabor del tabaco de su cigarrillo sin filtro, palpable prueba de su falta de voluntad, pues hacia años que había abandonado ese vicio, pero ahora volvía con mas intensidad, como una forma de encubrir su ansiedad. A pesar de esto, el fuerte aroma del tabaco rubio le daba, paradójicamente, momentos de respiro, mientras recorría con los ojos el paisaje copado con los colores del incipiente otoño, expresado en las continuas hojas que describían pequeños círculos al caer, materializando la nostalgia tan típica de la estación, del pueblo, de su vida. A la media hora divisó a lo lejos, sobre la vera del camino, aquella fisonomía que inequívocamente pertenecía a ella, y que fue confirmado por el súbito aumento de su ritmo cardiaco. No sabia bien que esperar hoy – como cada mañana - aunque reflexionó que la naturaleza de su relación (podría ser una relación?) estaba siempre al filo de la catástrofe, y quizás esta vez era lo mismo. No pudo sino recordar la primera vez que se vieron, en la estación de tren de Weimar, esa nubosa mañana de día martes, en la que todo parecía tan desagradable. Él la vio sentada en uno de las verdes blancas de la estación, sentada, como esperando algo, con su mirada indiferente hacia un espacio que quizás nadie veía. Si bien este primer contacto fue fugaz – y duró solo hasta que el metal chirriante que producía el desplazamiento del tren se desvanecía – la experiencia caló profundamente en su ser. De hecho, la espera diaria le hacía, en ocasiones, abandonar su lectura de Goethe – era un oficinista avenido intelectual, o al revés – mientras esperaba a la chirriante masa de hierro devenida en ferrocarril. Pero esta vez las vetustas máximas que contenía el libro, y que había sido herencia de su padre (junto con su actual trabajo, y quizás hasta el estilo y color de sus trajes), no fueron suficiente para absorber su atención. Dejó de lado el libro, y el peso de la responsabilidad de acabar por fin su lectura, y se preparó una vez más para el deseado encuentro. Cuando la figura fue completando su campo visual, se puso de pie, cogiendo nerviosamente su maletín de cuero café y su pesado libro, y esperó rígido, casi conteniendo la respiración su llegada. Y fue en ese instante en que ella, moviéndose tras el delicado esfuerzo que hacían sus pies al caminar – le parecía que levitaba – pasó junto a el, esbozando una tímida sonrisa, que cualquiera podía entender que solo manifiesta la complejidad de la rutina, entendida como el civilizado saludo a aquel individuo que cada vía veía en la misma estación, y que casi parecía ponerse de pie en su honor. Luego de la sonrisa, vio como la mujer subía y se acomodaba en su asiento habitual, junto a la ventana. Sintió entonces, al contemplar la habitual escena, como se relajaba su piel, y una leve sonrisa, casi un rictus instintivo, afloraba como un efecto retardado producto de la luz que la sonrisa de ella había grabado, como cada mañana, en su retina. Pero la fugaz felicidad, de solo cálidos segundos, dio paso a la constatación de que todo seguía siendo una gran farsa, pues él sabía que no habría ninguna cita, que no habría más intercambio que sonrisas y miradas, carentes de alma, y que la única cosa en común – quizás lo único constitutivo a sus ojos de una relación - era el itinerario que compartían cada mañana. Atolondrado,casi avergonzado, abordó el vagón como cada día, buscando acomodarse lo más alejado de ella, y suspirando despacio, casi imperceptiblemente, retomó su lectura de Goethe como quien muda de piel, dejando al descubierto su odiada realidad.
V. Lebanov, noviembre 2010
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